Quizá ya conocen aquello de los huevos fritos con chorizo y la diferencia entre colaborar y comprometerse. Dice que para poder preparar este plato una gallina colabora, mientras que un cerdo llega más lejos: se compromete. En los esfuerzos que nuestra generación tiene la responsabilidad de realizar para combatir el cambio climático, habremos de ser todos más cerdos (con perdón) y menos gallinas. Exacto, menos cobardes.Pero para que nuestro compromiso individual y social sea eficaz, hemos de partir de un buen diagnóstico.
Hay que conocer a fondo las causas generadoras del calentamiento de la tierra, y hasta la fecha no se ha dado relevancia a uno de los factores claves, la agricultura industrial, y en especial —volvemos con los cerdos y las gallinas— la ganadería y el consumo de carne.
Los animales, especialmente los rumiantes, liberan grandes cantidades de gases en su proceso de digestión, concretamente expulsan metano. El metano es uno de los gases responsables del efecto invernadero y por tanto del cambio climático. Según los estudios, al producir un kilo de vacuno, se genera el metano equivalente a 13 kilos de emisiones de CO2, y al producir un kilo de cordero, el equivalente a 17 kilos de CO2. Al final, y perdón de nuevo, entre ventosidades y eructos de vacas, ovejas y otras especies animales, la cantidad no es baladí. En valores globales, la ganadería contribuye al 18% de las emisiones de gases de efecto invernadero.
Extrato de la interesante reflexión de