La etimología es la ciencia que estudia el origen de las palabras.
Esta disciplina, obviamente, no nos dice todo acerca de aquello que designan; sin embargo, siempre nos dice algo, nos da alguna pista, algún rastro a seguir en la búsqueda del verdadero sentido de las palabras.
Como es sabido, gran cantidad de términos del castellano actual tienen su origen en el antiguo griego. ‘Ecología’ está formada por los términos ôikos y lógos, viniendo a significar ‘hogar’ y ‘razón’ –discurso que discierne, que separa y reúne, que pone a cada cosa en su lugar o, para mejor decir, discurso en que las cosas, a través del lenguaje humano, se ponen en su lugar–. Si la economía es aquel saber que, también en origen, significa el arte del bien dirigir los asuntos domésticos, relacionados con la correcta administración y distribución de los bienes del propio hogar, la ecología sería algo así como el saber que trata de hacerse cargo de la correcta dirección no ya del propio hogar, sino, digámoslo metafóricamente, de la casa de todos los seres.
El reciente Informe de la ONU sobre el cambio climático hace, desde bases científicas, una previsión sobre el más que probable estado futuro de nuestra casa: notable subida de las temperaturas medias, sequías, fenómenos extremos y otras maravillas formarán parte de nuestro mobiliario habitual. Dicho informe nos invita a crear una nueva forma de conjugación: el ‘futuro imperfecto’. Gobiernos, empresas energéticas y ciudadanías se preguntan qué hacer mientras tanto. Y siempre es ‘mientras tanto’. Como se dice popularmente: ‘unos por otros…, y la casa sin barrer’.
Los griegos designaban el mundo con la palabra kósmos –entendido como la totalidad de las cosas, no sólo como el planeta al que llamamos ‘tierra’–, que viene a significar algo así como un todo ordenado, bien estructurado –de aquí derivan, muy lejanamente, palabras como ‘cosmética’–. Pues bien, en la circunstancia que se barrunta, toda extinción, cualquier vacío en la cadena de los seres, alterará el equilibrio de la totalidad, amenazando a ese todo ordenado, a ese cosmos. El mundo en que desaparece una especie ya no es el mismo mundo. Este cambio puede parecer, desde cierta perspectiva, inapreciable, pero en este momento amenaza, llegando a un punto de no retorno, a ese lugar en que las cosas se dicen a sí mismas y dialogan entre sí, ese lugar que llamamos ‘hombre’. Nada se pierde, todo influye, refluye en esta ‘burbuja’ de la que formamos parte, en este tejido en el que, como decía aquél, no somos nada más –y nada menos– que uno de los hilos que lo sostienen. La cuestión está, nos parece, en si contribuimos con nuestras acciones y gestos, incluido el más mínimo, a la composición del indeciblemente hermoso tapiz que forma el mundo o si contribuimos a destejerlo, a deshacerlo.
La ecología intenta dar voz a aquello que no tiene voz (como el territorio y las generaciones futuras); se propone, en fin, introducir un poco de lógos en el ôikos, un poco de razón en el mundo, en la casa de todas las criaturas.
Jorge García